Los países latinoamericanos invierten en promedio apenas el 0.7% de su PIB en investigación y desarrollo, muy por debajo del 2.5% que destinan las naciones desarrolladas. Esta brecha explica en gran medida por qué la región sigue dependiendo de la exportación de materias primas sin valor agregado.
Para romper este ciclo, los gobiernos deben priorizar la formación de capital humano en áreas STEM, crear incentivos fiscales para la innovación empresarial y fortalecer los vínculos entre universidades y el sector productivo.
Países como Corea del Sur y Singapur demostraron que la inversión sostenida en ciencia y tecnología puede transformar una economía en pocas décadas. Latinoamérica tiene el talento; lo que falta es la voluntad política para apostar por el conocimiento como motor de desarrollo.


